*Si la tierra, la voz y lo ancestral tuvieran voz, sin duda sería de esta veracruzana, quien sostiene en cada tono la fuerza de la tradición; la música en sus cuerdas vocales es también la identidad incomparable de toda una herencia
Édgar Ávila Pérez
Xalapa, Ver.- Sirani posee una dualidad musical: la quietud y cadencia conviven con una potencia y energía profunda y ancestral.
Al compás del Son Jarocho, cuando suelta su suave voz mueve el alma con ternura y sosiega los ímpetus más arrebatados, pero cuando la energía se apodera de sus cuerdas vocales provoca un sismo en el cuerpo.
Los contrastes de la música del sotavento –como el murmullo del arpa, el requinto, la jarana y la potencia del zapateado y los versos improvisados- están impresos, como un tatuaje, en el cuerpo, alma, mente y voz de Sirani.
Verla en el escenario es un poco hipnótico: su boca se mueve al ritmo de los versos surgidos de las comunidades y pueblos; sus ágiles manos atacan con fiereza la jarana; y su rostro se inunda de una sonrisa, una sonrisa que dirige a sus adentros.
Es en ese momento cuando sus recuerdos son invadidos por el pueblo, su gente, el rancho en el que creció, sus experiencias personales y hasta el momento exacto de cuándo escuchó y a quien le escuchó ese verso.
“Me enorgullece mucho poder aportar algo a esa música desde lo que soy”, dice Sirani Guevara González, la mujer que creció en el pueblo materno: Santiago Tuxtla, donde aprendió a ejecutar el son jarocho en la jarana, el canto y el baile desde los ocho años.
Aún lleva impresas esas imágenes de las tardes en el parque de Santiago Tuxtla, con “los viejos” de las comunidades en un ritual carnavalesco: el son jarocho desdibujaba las diferencias de clases y liberaba a toda una población.
“Era mucha intensidad… euforia”, rememora aquellos tiempos cuando tenía ocho años y observar ese ritual era sumergirse a un juego donde podía compartir con las demás personas, explorar su curiosidad y descubrir los códigos del fandango.
Haber vivido en Juchitán, Oaxaca, donde la cultura y costumbres eran muy fuertes, le permitió entender de mejor manera a su tierra. Su madre la inscribió, junto con su hermana, a clases de zapateado, pero siempre desearon y buscaron el canto, el verso y la improvisación del son.
En un grupo infantil subió a los escenarios de encuentros de jaraneros… una vida que la abrazó y la llevó hasta hoy con la ejecución de guitarras de son, la escritura de versos y la improvisación poética.
“Cuando toco siento una identidad más fuerte… es entender que es mi vehículo para comunicarme con las demás personas de una manera más profunda”, describe la jaranera, cuya formación incluye el teatro, pedagogía y lengua y literatura hispánicas.
En el escenario, evoca a su tierra, una vida tranquila con elementos naturales y sin diferencias. Viaja a la vida sencilla de los señores campesinos.
Su canto -que comparte con grupos como Mogo Mogo, Flor de Limonaria, El Balcón, Tarantella Sin Fronteras y La Surada- es una música de raíz que congrega y sana.





